Comentario de Conocimiento del infierno y «La subida al cielo»

Por Carlos Verdugo:

Del cuento «La subida al cielo», de Roald Dahl, solo comentar el doble sentido del título: «Unos suben al cielo en avión y otros... ¡en ascensor!». El cuento me parece un magnífico ejemplo de lo que se podría denominar «el crimen perfecto». Además, en el momento en el que se comete el crimen se paraliza la acción, contando muy lentamente un segundo tras otro: sin armas, sin venenos, sin realizar ningún acto, ni tan siquiera la cercanía física con la víctima. La acción se queda paralizada mientras se comete el crimen, y la asesina se limita a escuchar, cerrar la puerta y construirse su coartada.


Con respecto a la novela Conocimiento del infierno, de Lobo Antunes, he de decir que nunca había leído nada de él, y lo primero que me llamó la atención nada más empezar la novela propuesta fue su escritura, con un estilo sobrecargado de imágenes, en una prosa que me recuerda mucho el estilo casi barroco de García Márquez y en el que los límites entre prosa y poesía se confunden.

Claro que Lobo Antunes no es García Márquez, por supuesto: este último nunca me habría invitado a detener por un momento su lectura para escuchar, por ejemplo, el tema Still crazy after all these years, de Simon y Garfunkel.

Es un estilo narrativo donde lo que impera, a mi modo de ver, no es la acción, la trama, sino la visión subjetiva de la realidad, vista siempre desde la conciencia del protagonista, un siquiatra del hospital Miguel Bombarda, desdoblado en voz narrativa, y donde lo que impera son esas descripciones siempre excesivas, muchas veces repetitivas, densas, cercanas al estilo barroco. Me ha encantado. 

Propondría, como ejemplo de todo lo dicho, el primer párrafo del capítulo cuarto; párrafo que comienza y finaliza casi con las mismas palabras definitorias de lo que es la soledad para el protagonista. 

Descubrí que la soledad, se dijo en voz alta a sí mismo en el coche vacío, camino de la sierra, es una pistola de niño en una bolsa de plástico en la mano de una mujer atemorizada. La tarde poseía ahora el color amarillo y turbio de las personas difuntas, el amarillo melancólico del yodo de los retratos antiguos, el sucio amarillo del ataúd contra un tronco o un muro, el amarillo oxidado de los perros cojos de las playas, trotando en jauría junto al mar en los crepúsculos de septiembre, bajo el inmenso cielo silencioso en que se adivinan a lo lejos las migraciones de patos del equinoccio. Plantas delgadas y trágicas se alzaban hacia las mejillas gordas, convexas, casi violáceas de las nubes, múltiples gestos frenéticos de director de orquesta inmovilizados en medio del giro de un vals, y de tiempo en tiempo, en los arcenes, instrumentos y máquinas de peones camineros se disolvían en la hierba rala con el olor dulce de los muertos. Todo en el Algarve es exangüe y manso, pensó, hasta las olas que se doblan sobre sí mismas como sucesivos párpados transparentes de anemia, hasta los rostros de piedra pómez de los campesinos por cuyas venas corre un secreto, misterioso viento, hasta las mañanas ya maduras, ya pesadas, suspendidas de las ramas del cielo, a guisa de frutos, por gruesos e incandescentes pedúnculos de sol. No se veían pájaros porque no hay pájaros en la sierra: solo las herramientas que los peones camineros abandonan en los taludes, y la tierra ocre que parece croar, respirando lentamente, como una enorme rana. No se veían pájaros ni gente: la carretera se asemeja a una cicatriz, a un pliegue, a una arruga en la piel, y de uno y otro lado el horizonte, demasiado próximo, empaña los cristales del automóvil, el cuadrado del espejo, nuestros propios ojos, con su denso hálito animal: ningún paisaje se le antojaba tan amenazador bajo su inofensiva apariencia de decorado de teatro, e imaginaba siempre que si subiesen con roldanas las colinas de cartón encontraría, detrás de los bojes, de los montes, de la despaciosa, tranquilizadora palpitación de la tierra, tinieblas inquietas y profundas, como las que moran en las pupilas redondas de los niños, ocultas en la falsa complicidad de la sonrisa. Todo en el Algarve, pensó, me recuerda perspectivas lunares, las algas prisioneras, la quietud de las siestas en el verano cuando solo las manzanas en el aparador permanecen despiertas y vivas en las copas de cerámica, animadas por la sombra roja de la luz, y no es imposible que un cardumen de peces atraviese de repente el asfalto, agitando en pequeños espasmos las pestañas de color lila de la cola, o los mil brazos de un pulpo empiecen a bogar entre los arbustos, desplegados en un adiós lánguido de mujer. Como en las Urgencias del Hospital Miguel Bombarda, donde los rostros se fruncen y los bultos flotan, tambaleando, apoyados en la tortuguita desmayada de las paredes, viejos alcohólicos de dedos trémulos como agujas de brújula, drogadictos de órbitas convulsas como cielos de tormenta, mujeres en quienes una discreta e inconmensurable tristeza se concentra en los ángulos en acento circunflejo de la boca, arrastrando bajo el camisón menopausias doloridas. A la hora de cenar, un extenso cortejo de mendigos se acerca a la puerta de vidrios opacos del banco, pretextando imaginarias locuras, extrañas dolencias, suicidios inventados, con la esperanza de una cama o de un plato de comida que los salven del ayuno forzado de los pobres. Son los vagabundos que suelen circular en las inmediaciones del río, junto a los almacenes de las dársenas y a las escalerillas de Alfama, con el gollete asomando por el bolsillo para alumbrarse, por la noche, con el pabilo del orujo, iconos cóncavos, sin afeitarse, soñando con sopas de verduras en los cubos de basura. Se dirigen al Hospital Miguel Bombarda a través de los árboles oscuros del Campo de Santana, a través de las pequeñas calzadas estrechas que forman como una cabellera postiza de travesías en torno a los muros calvos del asilo, a través de la Rua Luciano Cordeiro que mi adolescencia aún asocia a gruesos muslos derramados en terciopelos raídos, y desaguan en Urgencias los iris suplicantes y tristes de perros, ladrando en el felpudo de la entrada su hambre humilde. Pero la soledad, se dijo en voz alta a sí mismo en el coche vacío, camino de la sierra, es una pistola de niño en una bolsa de plástico en la mano de una mujer atemorizada, de pie frente a mí, en la otra punta de la mesa, escoltada por un enfermero exhausto.

Además, leyendo a António Lobo Antunes, no sé por qué, me recordó la lectura de Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos, de mis años de COU: el uso del monólogo interior (usado con estructuras repetitivas por el primero hasta llegar casi al paroxismo); la crítica de la realidad política de su momento (las dictaduras de Salazar/Franco); y la inmersión en la psique de los personajes, teniendo en cuenta que ambos fueron psiquiatras y se aprovecharon de ello para reflejar ese mundo de trastorno de la realidad. La sociedad que ambos reflejan en estas dos novelas es una sociedad alienante, de pesadilla.

Como lector, siento el impacto de la fuerza de su prosa, y me fue difícil avanzar en la lectura debido al deseo constante de releer una y otra vez los distintos capítulos por los que se va avanzando. Una delicia.

Comentarios